sábado, 24 de febrero de 2018

AVISO PARA NAVEGANTES



En los últimos días hemos vivido una vorágine de noticias relacionadas con la música, que es una de las artes que más nos gusta en esta vieja y vetusta Iberia. En particular, parece que el rap está de moda, hasta el punto de que fiscales y jueces, con sus togas con adornos de ganchillo, se dedican a escuchar a los raperos de más rabiosa actualidad. Tan de moda se han puesto estos raperos que hasta se escuchan en la Casa real. Concretamente, los fiscales han mostrado mucho interés por raperos como Pablo Hásel, Valtonyc o La Insurgencia, hasta el punto de que los han intentado laurear (con mayor o menor éxito) con el premio “Barrotes y sombra una temporada”.

Al mismo tiempo, y al parecer conservada en formol desde los años noventa, ha resurgido (probablemente siguiendo la estela de su coetánea, Leticia Sabater) la cantante vintage Marta Sánchez, con un himno de España muy al estilo “Norteamericano de la Superbowl”, con una letra un tanto controvertida: que si orgullo, que si Dios, que si no pide perdón... Este nuevo himno de Marta Sánchez nos trae reminiscencias de tiempos pretéritos en los que un señor bajito con voz de pito gobernaba y fusilaba a los españoles y españolas.

Sin embargo, a esta señora a la que el corazón le brilla de colores rojo y gualda mientras paga sus impuestos en Miami, la fiscalía no ha tenido a bien concederla ningún premio de “Barrotes y sombra”. Será que entre los jueces y fiscales se lleva la música más moderna, como el rap, y las canciones con olor a naftalina como el himno de Marta no les interesa mucho.

Pero la música no es la única de las artes que interesan a nuestros jueces y fiscales: acabamos de saber que el libro “Fariña”, que trata sobre el narcotráfico en Galicia y que establece vínculos entre esta actividad ilícita y algunos cargos políticos de determinado partido conocido por su popularidad, le ha gustado tanto a una jueza que ha ordenado incautar todos los ejemplares. Nótese que, aunque el libro es moderno, la práctica de secuestrar publicaciones por orden judicial tiene mucho arraigo y tradición en este país. Y si no, que se lo pregunten a la gente de El Jueves.

Varias artes, mayores y menores, han recibido la atención de jueces y fiscales: ya sabemos que hace algún tiempo mostraron mucho interés por ciertos espectáculos de títeres, hasta el punto de retener durante varios días a los dos muchachos autores del espectáculo, suponemos que para que les explicase las complejas sub-tramas de la obra de marionetas. La fotografía también es del gusto de nuestros entogados: valga como ejemplo el joven al que “recetaron” cuatrocientos ochenta euros por un montaje fotográfico con su cara sobre la de un profeta que (quizá o quizá no) existió hace dos mil años. Incluso el humor ha captado la atención de esos señores con toga tan serios, y se han fijado en el jocoso arte de humoristas y dibujantes satíricos, e incluso tuiteros y tuiteras, como no podía ser de otra manera en la tierra del Quijote, donde el humor y la parodia se han tenido siempre en alta estima.

Parece que jueces y fiscales están muy interesados en el mundo de las artes y el entretenimiento, y en general en las diversas formas de expresión de los artistas, del pueblo. Parece como si existiese una connivencia macabra entre las ideas políticas conservadoras y reaccionarias heredadas del franquismo y las actuaciones de jueces y fiscales. Parece como si la separación de poderes, axioma sagrado de la democracia, no existiese en nuestro país.

Y parece, sobre todo, que son avisos para navegantes. Que esos son los límites, y no pueden ser traspasados. Que hay cosas de las que no es lícito hacer bromas, porque te puedes llevar el premio “Barrotes y sombra una temporada”. Que no se puede hacer mofa, befa y escarnio de los sagrados símbolos de la patria, que no está permitido burlarse de las costumbres religiosas medievales, que no pueden hacerse chistes sobre el señor que llegó a jefe de estado por apellidarse Borbón (o Puigmoltó, como parece sugerir su confuso y enrevesado árbol genealógico), que ya ni siquiera se pueden hacer bromas sobre el primer astronauta español que llegó a las partes superiores de la atmósfera en 1973.

Son tiempos duros para el humor. Son tiempos duros para la libertad de expresión. Y son tiempos muy duros para la democracia. Así que ya sabéis: mientras no cambiemos la situación, o himno de Marta Sánchez, o barrotes y sombra.